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Fecha: 30 de junio, 2003SEÑALESMuchas personas padecen una falta de sensibilidad preocupante ante señales que sus respectivas circunstancias les muestran. En un análisis objetivo de lo que sería el comportamiento de un individuo equilibrado ante dichas señales, se podría enunciar un modo de actuar lógico que buscara potenciar sus acciones cuando las señales recibidas fueran estimulantes y satisfactorias o correctivo cuando éstas indicaran más o menos claramente que algo no marcha como debiera. Sin embargo, basta observar casos concretos para apreciar que la forma de actuar no es en muchos casos tan lógica. Un ejemplo típico es el relacionado con aquello a lo que uno se dedica profesionalmente; la parte profesional de la circunstancia de uno. No me cabe duda (y me produce admiración y envidia) que en muchos casos se actúa muy en consecuencia con lo que a uno le gusta o le deja de gustar y aquello en lo que gasta su tiempo, su vida. Pero en demasiados casos la realidad de nuestras acciones es demasiado tozuda, y se empecina en aferrarse a lo que ya tiene, a lo que acostumbra a hacer, aunque a todas luces se trate de acciones que conducen a negarse a uno mismo. Lo mismo sucede en muchos otros ámbitos que incluso tocan lo más íntimo de la persona. ¿Qué posibilita a una persona el mantener una actitud de auto-agresión intelectual y emocional? Desde luego, el amparo y aprobación de la sociedad lo hace. También lo hace el miedo al desamparo y desaprobación por parte de la sociedad. Somos seres sociables, en efecto; lo somos hasta tal punto que estamos dispuestos a negarnos con tal de no decepcionar a esa sociedad. En este contexto, un individuo es capaz de perpetuar su circunstancia incluso a costa de que suponga una traición al "yo" más íntimo y sincero de uno mismo. El individuo puede tirar hacia adelante en su circunstancia, si ésta va acompañada de la aprobación externa. No obstante, el individuo, aunque pueda parecerlo, no es tonto ni está del todo convencido de la bondad de su situación si de alguna forma se está agrediendo a sí mismo. Existe, cuando menos, una vocecita, como de insoportable berbiquí, que repite sin cesar que el "yo" se está echando a perder. ¿Hasta qué punto se puede ignorar esta voz que se sabe cierta? ¿Se le tiene acaso que caer a uno una oreja y un ojo como consecuencia de su insostenible situación personal para prestar atención a esa voz? ¿Se tiene que hacer evidente a la sociedad el deterioro y la corrupción de la persona para que ésta no pueda ocultar su contradicción por más tiempo? ¿Es acaso sólo posible mover ficha cuando el camuflaje de la aprobación o no apreciación por parte de la sociedad desaparece? Así, el individuo desea en lo más íntimo que se le caiga esa oreja o ese ojo, o que le avenga una depresión nerviosa para sentirse legitimado a reclamar que él no es ése. La persona puede llegar a anhelar el cataclismo para que todo, su circunstancia entera, salte por los aires y no le quede más remedio que mostrarse involuntariamente desnudo ante la sociedad y así tener que declarar que, a pesar de los duros esfuerzos por resistir, no le a quedado más remedio que claudicar ante sí mismo. ················· Estimado lector, quien abajo firma es un hombre amenudo demasiado débil, y que espera desde hace tiempo, avergonzado, que algo ocurra. Ahora el estallido de buena parte de su circunstancia parece por fin cercano. Sólo le queda taparse los oídos, encoger la cabeza en su pecho y esperar que la deflagración no lo desintegre. Ninornio |
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