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Fecha: 7 de octubre, 2004CLICNo quiero hacer lo que debo. ¿Debo? ¡Pero si había dicho quiero!. No quiero no poder, pero deseo no ser capaz. Es siempre igual. Uno cae en sus propias trampas. Siempre he sido un resistente. Me he negado a resignarme a no tener todos los cabos atados, pero dicen que conseguir eso nunca es posible. Lo dicen ellos. A mí así me parece también, en pura lógica, a raíz de mi limitada condición. Siempre ha sido así. Siempre se ha hecho así. Yo no obstante sé que puedo aún resistir y seguir escudriñando a enorme velocidad en busca del algoritmo perfecto que resuelva el entuerto y de salvar la situación sin sufrir bajas. Ese saberme capaz de seguir, aun dudando que vaya a encontrar nada, me impide moralmente decir hasta aquí he llegado. ¿Cuándo se deja de buscar a un náufrago en el océano? Hoy, sin embargo, he decidido parar la máquina de buscar la solución ideal para que suceda lo que se ha establecido que ha de suceder. Porque quiero, o sea, por que debo, pero no lo quiero todo, si lo pienso. Mejor no pienso. He parado la máquina. La he puesto mirando a la pared. El movimiento es sencillo. Sólo un pequeño movimiento. Hago miles como ese todos los días. He hecho millones de esos sin que ni siquiera me haya fijado en ello. La máquina de buscar una solución sin coste ni daño irreparable está parada y girada de cara a la pared. Será sencillo. Después, cuando la máquina vuelva a arrancar, ya no valdrá la pena seguir con concretamente aquella angustiosa búsqueda eterna. Ya será el futuro. Ya será tarde para buscar una solución que evite nada. Se habrá hecho la acción deseada. La no deseada. Mínimas cantidades de glucosa comienzan a aparecer en un oscuro rinconcito del lóbulo frontal, el cual anteriormente casi siempre había sido privado, a la fuerza, por la máquina de buscar, de recibir orden de actividad alguna como aquella, la cual en nada difería de las miles de órdenes que se generaban a diario desde otros frentes, pero casi nunca desde allí. Se procede a oxigenar aquella insignificante cantidad de azúcar, y se produce la chispa no deseada. La deseada. La no deseada. Tal vez por la expectación creada, el movimiento tiene un aspecto torpe. ¿Estará la máquina de buscar aún en marcha? No. Está parada. Será el miedo a transgredir la regla auto impuesta quien aún opone resistencia. Hoy todos creen que hablo yo, y creen que soy libre. Pero soy ciego y sordo. Sonámbulo ejercicio explícito de la libertad individual. En efecto, el movimiento, tras la rigidez inicial, se ha consumado, y ha sido sencillo. Tampoco había posibilidad de mayor complejidad en un ciclo tan corto. Sólo había que tensar un pequeño músculo de un dedo de una mano, durante medio segundo, para producir un milímetro de movimiento. Ha sido hecho. No, aún no. ¿Sí? Parece que sí. Sí, lo he visto yo. Así me lo dicen mis ojos. A sido bonito verme, decidido, sin cadenas, aunque casi empiezo a desear no haberlo visto. ¡Es que también lo he oído! ¿No habrá aquí un pequeño pliegue en el continuo espacio tiempo que me de el margen suficiente como para poder volver a tragar saliva antes de proceder a ejercer mi libertad de panfleto mientras aún aguanto la mordaza sobre mi consciente? No. La velocidad que se ha generado es ya enorme. No cabe duda de que ya es el futuro. La mordaza ha saltado por los aires, y percibo con claridad que el orden del universo se ha alterado. Ha cambiado clarísimamente y sustancialmente. Presencio cómo en el limbo de los no nacidos rostros inocentes con mis mismos ojos me miran perplejos de terror al entender que nunca van a ser. Ya me lo reprochan. Presencio el desgarro de las personas que más quiero, y a mi octavo nervio llega la reconstrucción de su grito con eco de artefacto metálico. Observo cómo, entre discusiones de preocupación que se producen en hogares ajenos, justo al otro lado de estos mismos tabiques, redacto la lista de los condenados con los nombres de quienes no debieran estar en ella. Ejerzo de forma blasfema el poder divino. Soy el ángel exterminador. Ninornio |
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