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Fecha: 28 de noviembre, 2003TIEMPO INESTABLECuando salí de la ducha, la nube de vapor era tan densa que tuve que buscar a tientas el interruptor del viejo transistor. Me gusta la compañía de la radio en el baño. La emisora local suele poner música de los ochenta y me gusta canturrear canciones viejas mientras me preparo para salir. Imitaba la rota voz de Stewart cantando 'I don't wanna talk about it' mientras me secaba, cuando la locutora, probablemente enfadada conmigo por mis poco afortunados gorgoritos, terminó de un golpe con el improvisado karaoke doméstico: 'Interrumpimos la programación para darles un aviso importante: 'Se espera para las próximas horas tiempo muy inestable, con constantes alteraciones. Las autoridades les recomiendan que no abandonen sus domicilios si no es por causa de fuerza mayor, y que a poder ser se metan en la cama y traten de dormir hasta mañana.' Aquello era lo más ridículo que había oído en mi vida. ¿Que me metiera en la cama a las ocho de la tarde porque el tiempo iba a ser inestable? Pero qué dices hombre! Que un chicarrón del norte como yo no se asusta por el tiempo! Me puse mis mejores galas y el perfume que llevaba sin estrenar desde Navidades. Estaba citado a las ocho y media en el reloj del Bule con Letizia. Nos había presentado un amigo común y era nuestra primera cita a solas (y mi primera cita desde hacía meses) con lo que se pueden imaginar mi nerviosismo. Me asomé a la ventana y no llovía, pero en vista de lo que había dicho la radio, decidí llevar conmigo el engorroso paraguas, por si acaso. De mi casa al Bule hay quince minutos a pie. ¿Se han fijado que en las ciudades nadie sabe cuantos kilómetros hay de un sitio a otro? Las distancias se miden en minutos/mediodetransporte. ¿No sería más preciso decir que de tu casa a lo viejo hay un kilómetro y doscientos cincuenta metros? Yo pienso que sí, pero si lo haces, todo el mundo te mira como si fueras imbécil. En fin, eran poco más de las ocho. 'Las ocho y cinco, voy de sobra, perfecto' pensé. Salí de casa y fui caminando tranquilamente por la Gran Vía con intención de hacer el mismo recorrido de siempre. A la altura de San Francisco me dispuse a cruzar al otro lado. El semáforo acababa de ponerse en rojo para los peatones así que me tocó esperar. Había un tráfico horrible y los coches avanzaban lentamente aunque sin detenerse. Miré al cielo, me miré los zapatos, miré una boñiga de perro, miré otra, y otra más. Ya no quedaban más cagadas de perro que mirar y el semáforo seguía rojo. 'Seguro que han decidido sincronizar por fin los malditos semáforos de esta ciudad y lo han vuelto a hacer a costa de los peatones. Odón ya te vale!'. Esperé un rato más. Aquello estaba durando una eternidad y en vista de que el semáforo no cambiaba, decidí cruzar en rojo, pasando entre coches. Al primer intento, un Golf GTI con una terrible malformación en forma de espoiler y el estruendo de un Jumbo aceleró y no me atropelló gracias al ágil salto tipo Mátrix que di en el último momento. Las ocho y doce. La cosa empezaba a ponerse seria. No quería llegar tarde a mi primera cita con Letizia. Hice tres intentos más jugándome la vida entre autobuses, coches y motos abejorro que amenazaban con perforarme los tímpanos con sus trompeteros escapes. Al cuarto intento alcancé la otra orilla, y el semáforo seguía en rojo. Miré atrás. A ambos lados de la carretera esperaban pacientes y sin inmutarse los peatones. Estaban como petrificados; catatónicos. Empecé a dudar de que estuvieran vivos. ¿Cómo podían permanecer tan tranquilos esperando horas a que un estúpido semáforo les diera permiso para cruzar? ¿Y si nunca más volvía a ponerse verde? Tal vez dentro de mil años: 'Yacimientos funerarios encontrados en el lugar en el que se hallaba la antiquísima polis de San Sebastián han demostrado que los habitantes de dicha ciudad acostumbraban a enterrar a sus difuntos en fosas comunes decoradas con unos curiosos artilugios metálicos adornados con luces de tres colores cuya finalidad última no ha podido ser esclarecida aún'. Crucé la Plaza de Cataluña y en mitad de ésta, dos guapas jovencitas de ajustada vestimenta y generoso escote se me acercaron con intención de hacerme una encuesta sobre relojes de pulsera. Traté de evitarlas alegando que estaba muy contento con el mío del todo a cien y que llevaba muchísima prisa, pero insistieron tan amablemente en que sólo sería un minuto (y sus escotes eran tan generosos) que el minuto se estiró trescientos sesenta segundos. Ocho y veintidós. No llegaba. Tendría que correr si quería ser puntual. No me apetecía llegar todo sofocado y sudoroso a la cita con Letizia, pero peor era llegar tarde. Así que corrí. Y aunque no lo crean, llegué antes de que la manecilla del reloj hubiera marcado las ocho y treinta y uno. Letizia no estaba. 'Qué extraño' pense, 'Tal vez haya escuchado las noticias y haya pensado quedarse en casa... pero me habría llamado. Lo mejor será esperar.' Había la misma cantidad de gente que de costumbre en sábado a la noche. Obviamente nadie había hecho caso alguno de las recomendaciones de las autoridades, y es que si algo ha caracterizado desde siempre a nuestro país han sido la disciplina y la alta consideración por las palabras de nuestras instituciones. Ocho y treintaycinco y Letizia sin aparecer. Bueno, pensé, tal vez los semaforos de Amara hayan sido también resincronizados, y el barrio está infestado de encuestadores. Las agujas del reloj del Bule se volvían cada vez más grandes y pesadas. Los mismos minutos que hacía nada se me escapaban de las manos mientras corría hacia lo viejo, duraban ahora una eternidad. Llené los primeros diez minutos de espera con hermosos pensamientos de disculpa; ocho y cuarenta; pero se me gastaron; ocho y cuarenta y uno; y para los siguientes quince; ocho y cuarentaydós; sólo me quedaban ya los de rabia; ocho y cuarentaicinco; desprecio; ocho y cincuenta; odio; ocho y cincuentaitres; y aborrecimiento; Ocho y cincuentaiséis. Hola Martintxu! Veintiséis minutos tarde en la primera cita....no está nada mal. Veintiséis veces infinito. Me besó y me preguntó qué tal estaba, como si nada. Si no fuera porque soy un caballero y porque estoy en libertad condicional, la hubiera matado allí mismo con mis propias manos. Estaba fuera de mí. 'Vamos hombre no te pongas así. Sólo son diez minutos. Mira, te gusta mi nueva minifalda? Me la he comprado hoy especial para nuestra cita.' 'Eran veintiséis, no diez y sí, me gustaba su nueva minifalda'. Dos zalamerías más tarde no solo se había dado por zanjado el tema de los veintiséis minutos, sino que en lugar de ir a ver la convenida tercera parte de Matrix, fuimos a ver una reposición de 'Sentido y sensibilidad' con Emma Thompson que prometía ser un auténtico infierno. Cómo se sentirían ustedes si después de haber recorrido veintiséis veces el purgatorio de arriba abajo, se vieran obligados a pasar, con una sonrisa de satisfacción en la boca, ciento treinta y un minutos en el infierno? Mal verdad? La butaca roja que tan cómoda parecía al principio, a los veinte minutos se transformaba por arte de magia en un asiento especial para faquires. Me daban pinchazos en la espalda como si mi última exnovia estuviera castigándome con sus muñecos de vudú por estar con otra mujer. El tiarrón más grande del cine, que por casualidad quiso sentarse delante mío, parecía tener también una exnovia amante de la magia negra, pues no paró quieto en las dos interminables horas que duró el peliculón y me tuvo todo el tiempo bailando break-dance en la silla de faquir tratando de ver la pantalla a través del mínimo hueco que quedaba entre sus hombros y su cabeza. Jo, se me ha hecho cortísima! Dijo ella al salir, Sí, contesté, hora y media más y hubiera estado de muerte. No se ella, pero yo hablaba en serio, pues me hubieran tenido que sacar en ambulancia con tres hernias de disco y un derrame cerebral. Para cuando salimos del cine eran las once y media y aunque en total apenas había hablado con Letizia más de diez minutos, aquella cita estaba resultando la más larga de mi vida. ¡Que te dejas el paraguas chaval! - Dijo un empleado del cine - ¡Ah gracias! ¿Qué haces cargando con el paraguas si no llueve? ¿Qué pasa no has oído las noticias hoy? han interrumpido la programación para decir que venía tiempo revuelto. Pues yo no he oído nada y el tiempo parece estable. Ya, la verdad es que sigue sin llover y yo cargando el maldito paraguas. Basta que lo cojas para que no te haga falta. Me pidió que la acompañase a casa, y claro, empecé a pensar que tal vez después de todo iba a haber merecido la pena tragarse el bodrio de la Thompson. Estábamos en mitad de la plaza de Gipuzkoa mirando como dormían los patos cuando con un besó me susurró al oído las palabras que había estaba deseando oír desde que vi su minifalda. Miré la hora. Eran la una y diez. Tenía que estar de vuelta en casa antes de las tres o mis padres me matarían (¡es que la vivienda está como para emanciparse! ¡Joder Odón de verdad que ya te vale!). No había tiempo que perder. Su casa estaba a veinte minutos a pie, y de pronto el tiempo volaba. Pasó un taxi por nuestro lado y lo paré. A la una y diecinueve estábamos entrando en su piso. Por puro decoro, voy a dejar en manos del lector imaginar lo acontecido a partir de ese instante. Sólo les diré que fue todo un recital en tres movimientos: El primero allegro ma non troppo, seguido de un molto vivace y culminado con un Adagio molto e cantabile. Juraría que fueron horas de puro placer dignas de un registro en el Guiness. Pero cuál fue mi sorpresa cuando mientras guardaba los instrumentos Letizia dijo '¿Ya está? ¿Eso es todo?' Y me largó de su casa diciendo que a ver si me creía que una mujer como ella podía quedar satisfecha con un desafinado irrintzi de minuto y medio. Antes de que me pudiera dar cuenta me había puesto de patitas en la calle. Miré a mi alrededor en busca de un taxi y no pude creer lo que vieron mis ojos: De cada portal salían hombres terminando de abrocharse los pantalones con la misma cara de no entender nada que la mía. Un consejo. La próxima vez que escuchen que la programación de radio es interrumpida para anunciar que viene tiempo variable, háganme caso: olviden su paraguas, cancelen todas las citas, métanse en la cama y duerman hasta el día siguiente. Martín |
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