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(home) CIRCUNSTANCIA


El camino de Christos

Fecha: 11 de julio, 2003

ELEKTRA

La duda tiene cuerpo de mujer. ¿Podría ser acaso de otro modo? Cómo no dudar ante el vaivén de unas caderas que en suaves olas hacen zozobrar la barca de mis angustias existenciales. Cómo no dudar ante unos largos cabellos al viento convertidos en bandera de mi patria más añorada. ¿Se puede mantener la entereza arrodillado ante la suave curva de un vientre, cementerio de los anhelos más escondidos, sintiendo el suave tacto de unos pechos, fuente de felicidad infinita, paraíso en la tierra, freno de relojes cósmicos?

Elektra era la madre de mi novia. Tenía cuarenta, yo dieciséis. No me amaba y nuca la amé. Olía a ninfa recién bañada y sabía a tigresa en celo. Divina y puta, hetaira divina. Por fuera, respetable y discreta, madre, fiel esposa, compañera intachable. Por dentro, deseo, pasión, pecado y fuego. De sus ojos fluían dos torrentes de lava incandescente capaces de abrasar el corazón más frío, su cuerpo era promesa de infierno eterno.

Nuestros caminos decidieron encontrarse en aquel tiempo en que aún imaginaba un modo correcto de existir. ¡Qué estúpido! Hasta el día en que la conocí, imaginaba el amor como el sentimiento más puro, aspiración divina, anhelo de perfección humana en un mundo imperfecto. Nada existía en el mundo más poderoso que el amor. Y creía haberlo encontrado en su hija.

Elektra era el grito de la especie. Todo el imperativo de eternidad de la raza humana parecía haber hallado cobijo en su mortal pecho y un torrente todopoderoso fluía hacia el mundo a través de aquel diabólico ser. Desnudo ante su mirada, mi fe en el amor único y eterno, mi aspiración a lo perdurable a través de lo efímero se resquebrajaba reduciéndose a su dimensión verdadera: La de un mortal ante la mirada de un Dios, la de lo perecedero ante lo perpetuo.

Entró en mi vida como un temblor de tierra y con una simple mirada me devolvió al lugar que me correspondía en la creación. Elektra, terrible nostalgia de retorno a unas raíces de las que nunca deseé ser arrancado. Algo en mi interior me decía que aquel no era el camino de Christos. Que aquella fuerza me llevaba por una senda que conducía a una profunda y oscura caverna de sufrimientos. Mas ¿cómo oponerse a la fuerza de aquel torrente imparable? ¿Cómo luchar contra él? ¿Debía deber o quería querer? ¿Sus ojos de pantera o mi alma de Christo llegado al valle de la vida a sufrir por los demás?

Quise querer y en sus brazos aprendí a mirar a la cara a mi lado más oculto. Descubrí el placer en el engaño, en lo prohibido, en gozar revolcándome en la suciedad de mi propia esencia. Su lecho estaba rodeado de despojos de almas humanas incapaces de soportar la visión de su propia realidad. Yo, Christos, me sorprendí a mi mismo gozando con ella de la parte más animal de mi propio ser. En su regazo, todo era leve, nada era pesado, mis actos, mis palabras, eran como volutas de humo de un cigarro. No caían a plomo sobre la humanidad. Se perdían en el aire y desaparecían sin dejar rastro, para ser olvidadas al instante. Elektra era la llamada de la especie, y quien es digno de ésta, no teme traicionar las insignificantes aspiraciones humanas. Cada gesto de Elektra, cada uno de sus movimientos, contenía la esencia de milenios de existencia irracional. Elektra no era amor puro, era naturaleza pura. Era todo aquello que la civilización ha prohibido. Renuncia instantánea a la racionalidad, para ser arrastrado por la animalidad más salvaje. En su cuerpo se levitaba, era liberación, exorcismo de la tradición, ruptura con el mundo, muerte y fin del sentido trágico de la existencia. Morir en su cama era la única manera lógica de morir.

Elektra pasó por mi vida de forma breve y efímera. Nadie nos vio juntos jamás. Nuca la quise y nunca me amó, pues no es posible el amor en la naturaleza, sólo aman los hombres. No vino a quedarse. Llegó para llevarse algo y aquello que me robó es lo único que de ella tengo.

Ahora vivo partido en dos, dudando entre mi yo racional y un irrefrenable deseo de retorno a la animalidad perdida. Aún no me he vuelto a topar con nada parecido a Elektra. Tal vez sea ahora yo lo que en este mundo más se parece a ella.

Ayer la vi. Paseaba del brazo de su marido. Había envejecido algo, pero sus ojos ardían del mismo modo que cuando la conocí quince años atrás. Hablamos de su hija, de su nieto, del tiempo...

Christos