Free Web Hosting by Netfirms
Web Hosting by Netfirms | Free Domain Names by Netfirms


© circunstancia.com (2003-2006) - Todos los derechos reservados - All rights reserved

(home) CIRCUNSTANCIA


Inicio

Ratón de Biblioteca

A. Schopenhauer (2000) 'Aforismos sobre el arte de saber vivir'

'Los hombres se esfuerzan mil veces más en la adquisición de riquezas que en la de una buena educación espiritual; y eso aun siendo evidente que lo que uno es contribuye mucho más a nuestra felicidad que lo que uno tiene. Por eso vemos a tantos hombres ocupados en sus negocios, trabajando sin descanso de la mañana a la noche, diligentes como hormigas, empeñados en aumentar sin descanso las riquezas que ya poseen. Este tipo de individuo apenas si conoce algo más allá del estrecho horizonte que limita los medios para lograrlas; fuera de éste no sabe nada; su espíritu se halla vacío, es insensible a cualquier otra cosa. Los goces más elevados, los del espíritu, le resultan inaccesibles; buscará sustituirlos por medio de aquellos otros placeres efímeros, sensuales y que cuestan poco tiempo y mucho dinero, pero en vano, pues no lo conseguirá. Al término de su vida obtiene como resultado, si es que la fortuna le ha sonreído en sus empresas, un buen montón de dinero que a esas alturas tiene ya que dejar a sus herederos para que lo aumenten o lo disipen. Un currículum de tal calibre, vivido además con gesto grave e importante, es tan absurdo como el de quien ostentara como símbolo un gorro de cascabeles'.

'Todas nuestras preocupaciones, penas, desvelos, enfados, inquietudes, esfuerzos, etcétera, tienen que ver, quizá en la mayoría de los casos, con la opinión ajena, y son tan absurdos como lo de aquellos condenados....Es evidente que nada contribuiría tanto a nuestra felicidad, la cual consiste básicamente en tranquilidad de ánimo y satisfacción, como la limitación y la rebaja de este resorte a una medida justificable por la razón, que tal vez podría ser de una quincuagésima parte de su valor actual......El único medio de librarnos de esta necedad general sería reconocerla claramente como tal necedad y, con este fin, darnos cuenta de lo falsas, locas, absurdas y erróneas que suelen ser la mayoría de las opiniones que guardan los hombres en sus cabezas, y de lo poco dignas de atención que son en sí mismas......Si lográramos tal conversión de esta locura generalizada, su consecuencia sería un enorme e increíble aumento de la tranquilidad de ánimo y la jovialidad y, de igual forma, adquiriríamos una apariencia más segura y firme, un comportamiento en cualquier caso mucho más desenvuelto y natural. El extraordinario y beneficioso influjo que ejerce en nuestra paz interior una vida retirada reside, en su mayor parte, en que tal modo de vida nos sustrae a la obligación de tener que vivir constantemente bajo la mirada de los demás, esto es, nos libera de preocuparnos por su opinión y, por consiguiente, nos devuelve de nuevo a nosotros mismos...

De este absurdo de nuestra naturaleza aquí descrito nacen tres vástagos principales: ambición, vanidad y orgullo. Entre los dos últimos, la diferencia radica en que el orgullo es la firme convicción que ya poseemos de nuestra valía, en cualquier aspecto; la vanidad, por el contrario, es el deseo de despertar esa misma convicción en los demás, acompañada la mayoría de las veces por la secreta esperanza de que, a consecuencia de ello, llegue también a ser la nuestra. El orgullo, pues, surge de dentro; por consiguiente, es sobrevaloración directa de uno mismo; la vanidad, en cambio, o el afán de adquirirla, viene de fuera, de forma indirecta. Según esto, la vanidad torna a uno locuaz; el orgullo, taciturno.

Orgulloso no es quien quiere; a lo sumo, puede parecerlo quien quiera, pero el que así haga acabará por abandonar pronto su papel, como sucede con cualquier papel prestado. Pues sólo la íntima, vigorosa e inquebrantable convicción de poseer méritos extraordinarios produce el hombre verdaderamente orgulloso. Tal convicción podrá basarse en un error o sustentarse simplemente en méritos exteriores y convencionales; esto no daña el orgullo con tal de que la convicción sea real y seria. Puesto que el orgullo tiene su raíz en la convicción, se hallará, al igual que todo conocimiento, fuera de nuestro arbitrio. A mi parecer su peor enemigo, su mayor obstáculo, es la vanidad, que corteja el aplauso de los demás a fin de fundamentar luego sobre éste la elevada opinión de sí mismo, mientras que la condición indispensable del orgullo es tener dicha opinión bien arraigada desde un principio.

Si bien el orgullo se censura y proscribe, creo, sin embargo, que esta actitud proviene de quienes no tiene nada de qué enorgullecerse. Ante la desvergüenza y la estupidez de la mayoría de los seres humanos, todo aquel que tenga algún mérito hace muy bien en ponerlo de manifiesto y no dejar que caiga del todo en el olvido.

La virtud de la modestia es un gran invento para la canalla, ya que, según aquella, cada uno debe hablar de sí mismo como si perteneciera a esta última, lo cual produce un extraordinario efecto nivelador del que podría deducirse que lo único que existe es la canalla.

Sin embargo la especie más baja de orgullo es la vanidad nacional. En efecto, ésta denota en quien la sufre la carencia de cualidades individuales de las que pudiera sentirse orgulloso, puesto que de ser así no recurriría a aferrarse a otra que tiene que compartir con millones de individuos. Antes bien, quien posee cualidades personales reconocerá con mayor claridad los errores de su propia nación, puesto que constantemente los tiene a la vista. Cualquier tarugo miserable que no tiene nada en el mundo de lo que pueda sentirse orgulloso, se aferra al último recurso: vanagloriarse de la nación a la que casualmente pertenece.

La individualidad sobrepasa con mucho a la nacionalidad, y al tratarse de un hombre concreto es ésta la que debe tenerse en consideración mil veces más que aquella. Francamente nunca podrá ensalzarse honestamente el carácter nacional, pues representa una multitud. Más bien parece que la limitación, el absurdo y la maldad humanas adoptan en cada país una forma particular, denominada "carácter nacional".


 


'Considero la regla suprema de cualquier arte de vivir una sentencia que Aristóteles menciona un tanto casualmente en la Ética a Nicómaco: "El hombre prudente no persigue el placer, sino la ausencia de dolor". Su verdad reside en que todo goce y toda dicha es de naturaleza negativa; y que el dolor, en cambio, es de naturaleza positiva. Lo explicaré con un ejemplo que puede observarse a diario: cuando el cuerpo entero está sano y en forma, salvo una pequeña herida insignificante o alguna parte que nos duele, dejamos de tener conciencia de la salud del conjunto y centramos toda nuestra atención en la parte herida, con lo que desaparece la sensación vital de bienestar general que hasta entonces sentíamos. Observamos que la afección de la voluntad sólo obra negativamente y que por eso no se experimenta de forma directa sino que, como máximo, llega a la conciencia por la vía de la reflexión. Por el contrario, su deficiencia es lo positivo, de ahí que se anuncie por sí misma. Todo goce consiste simplemente en la supresión de esa deficiencia, en liberarse de ella; por eso es de corta duración.

He aquí pues, el fundamento de la regla aristotélica anteriormente elogiada, que nos aconseja dirigir nuestra atención no a los placeres y cosas agradables de la vida, sino más bien a la manera de evitar en lo posible los incontables males que la constituyen. Voltaire decía: 'La dicha es sólo un sueño, lo único real es el dolor'.

En consecuencia, el destino más dichoso será el de quien pase la vida sin sufrir grandes dolores, ni físicos, ni espirituales, y no la de aquel otro que participa de las más apasionadas alegrías y de los placeres más intensos. Quien pretenda medir según estos últimos la felicidad de una vida recurre a un patrón erróneo. Pues los placeres son y seguirán siendo negativos. Los dolores en cambio se experimentan como algo positivo, de ahí que sea su ausencia el patrón adecuado para medir la felicidad de la vida. Si además a un estado en el que no se padece dolor alguno, se le añade la ausencia de aburrimiento, se habrá alcanzado entonces, en esencia, la felicidad en la tierra; pues lo demás es ilusión, quimera. De aquí se sigue el hecho de que jamás deben comprarse placeres a costa de dolores, ni siquiera cuando sólo exista una mínima posibilidad de sufrirlos, pues se paga algo negativo y quimérico con algo positivo y real. En cambio uno gana siempre cuando sacrifica placeres a fin de evitarse sufrimiento...Es realmente la mayor de las locuras querer transformar este escenario de lamentaciones en un lugar de recreo y, en vez de encaminar todos nuestros afanes a conseguir la mayor ausencia posible de sufrimiento, dirigirlos a la ganancia de goces y alegrías; algo que por lo demás, hacen tantos. El necio persigue los placeres de la vida y se ve engañado; el sabio evita los pesares. Si fracasa, será por culpa del azar, pero no de su necedad. Mas, a poco que acierte, no se sentirá defraudado, pues los males de los que se aparta son extremadamente reales.

Cree el jovencito sin más que el mundo existe para que se lo goce, que es la morada de un bien positivo que sólo malogran aquellos que carecen de la habilidad suficiente para retenerlo.

"Quien desea verse libre de un mal, siempre sabe lo que quiere; quien desea algo mejor que lo que tiene, es ciego de remate" Y esto recuerda la sentencia francesa "Le mieux est l'ennemi du bien" Lo mejor es enemigo de lo bueno.

Ciertamente como dice Schiller, "todos hemos nacido en Arcadia"; esto es, venimos al mundo con anhelos de gozo y felicidad y con la necia esperanza de satisfacerlos. Pero, por lo general, pronto aparece el azar, nos golpea con rudeza y nos enseña que nada es nuestro, sino suyo, arrogándose así un derecho indiscutible no sólo sobre nuestra riqueza y sobre todo lo que poseemos.

En cualquier caso, transcurrido algún tiempo llega la experiencia y nos enseña que el placer, el gozo, sólo es un espejismo visible a distancia que desaparece en cuanto nos acercamos a él; y que, al contrario, los pesares y el dolor son entes reales, se dan a conocer por sí mismos y no necesitan ilusión ni esperanza algunas que los representen. Pronto reconoceremos que lo mejor que el mundo puede ofrecernos es una existencia exenta de dolor, tranquila y llevadera; por eso limitaremos nuestras aspiraciones sólo a la consecución de este propósito a fin de alcanzarlo con mayor seguridad. Pues para no acabar siendo realmente desdichado, el medio más seguro es que no se pretenda ser muy dichoso. "La ruin pretensión de la felicidad, sobre todo de tanta como soñamos, corrompe todo en este mundo. Quien pueda librarse de ella y no desea otra cosa que lo que tiene enfrente, puede salir adelante". De ahí que lo más aconsejable sea moderar las aspiraciones de gozo, posesiones, rango, honores, etcétera a un mínimo prudente; porque precisamente la afanosa lucha por la felicidad, el brillo y el placer es lo que provoca las mayores desgracias. Conducirse de ese modo será lo más sabio y lo más aconsejable; pues ser muy desgraciado es fácil, pero ser muy feliz, en cambio, no sólo dificilísimo, sino completamente imposible'.

'En general, en la vida nos sucede como al caminante a quien le parece que según se va acercando a los objetos, éstos cobran contornos muy diferentes de los que parecían mostrar cuando los divisaba desde la lejanía, sin que por lo demás, los mismos objetos dejen de transformarse en ningún momento. Algo semejante ocurre sobre todo con nuestros deseos. Con frecuencia encontramos algo muy distinto y hasta mejor que lo esperado; a menudo hallamos lo que buscamos por otro camino diferente a aquél que en vano tratábamos de seguir. Por lo demás, suele suceder que allí donde buscábamos placer, dicha, alegría, hallemos enseñanza, razón, conocimiento, es decir, un bien permanente y verdadero en vez de uno efímero y aparente.'

Un punto importantísimo en el arte de saber vivir consiste en una medida adecuada de la atención que dedicamos tanto al pasado como al porvenir, por la sencilla razón de que uno no nos amargue el otro. Muchos viven demasiado en el presente: los despreocupados. Otros, demasiado en el futuro: los pusilánimes y los temerosos. Rara vez se atendrá uno a la medida justa. Aquellos que a causa de sus afanes y anhelos viven sólo en el porvenir, que miran constantemente hacia delante y esperan con impaciencia los acontecimientos futuros creyendo que ellos les proporcionarán la verdadera felicidad, y que mientras tanto dejan transcurrir el presente sin apreciarlo ni gozarlo, son comparables, a despecho de sus gestos de presunción, a aquel asno en Italia cuyo paso se acelera mediante un manojo de heno que pende ante él anudado a una caña sujeta a su cabeza. Éstos se engañan a sí mismos durante su existencia entera, pues viven constantemente ad interim (como interinos) hasta que mueren. Así pues, en vez de ocuparse única y exclusivamente de los planes y cuidados del porvenir, o en vez de entregarnos a la añoranza del pasado, no deberíamos olvidar nunca que sólo el presente es real y que sólo él es cierto; en cambio el futuro suele ser casi siempre muy distinto de como lo pensamos; incluso el pasado lo fue; ambos tienen menos importancia de la que nos parece. La lejanía, que empequeñece los objetos a la vista, agranda los pensamientos. Sólo el presente es verdadero y efectivo, es tiempo pleno real, y es en él exclusivamente donde reside nuestra existencia. Por eso deberíamos honrarlo siempre dispensándole una bienvenida serena y, en consecuencia, disfrutar de cada hora soportable, libre de contrariedades o dolores, con plena conciencia de su valor, sin enturbiarla con caras largas a causa de las esperanzas frustradas del pasado o de las preocupaciones futuras. Pues es de necios rechazar una buena hora presente o estropearla a propósito a causa de pérdidas pasadas o de temores futuros. La preocupación, y hasta el arrepentimiento, tienen también un tiempo determinado; y acto seguido tendremos que pensar de lo pasado: "que a su pesar, no tiene más remedio que marcharse, aunque se le encoja el corazón", y de lo venidero: "En la mano de los Dioses está lo que haya de ocurrir", en cambio, del presente: "Valora cada día por toda una vida" procurando así que este tiempo único y real sea lo más agradable posible.

La canción tan querida de Goethe, "Ich hab' auf Nichts mein Sach gestellt" (He puesto mi anhelo en nada), dice en realidad que sólo cuando el hombre haya renunciado a todas sus aspiraciones y retorne a la desnuda y pelada existencia participará de la tranquilidad de ánimo que constituye el fundamento de la felicidad humana, condición necesaria para disfrutar el presente y, con él, la vida entera.

Con rostro avinagrado dejamos transcurrir miles de horas jubilosas y agradables sin disfrutarlas y, después, una vez llegados los tiempos oscuros, suspiramos en vano por ellas embriagados de nostalgia. En vez de eso deberíamos honrar todo presente soportable, aun el más cotidiano, que con tanta indiferencia dejamos transcurrir o con tanta impaciencia rechazamos, recordando que es precisamente éste el que ahora se precipita en la apoteosis del pasado y que en lo sucesivo, quizá inmóvil y brillante a la luz de la memoria que lo conserva, una vez caído el telón de la hora presente, y sobre todo en los malos tiempos, habrá de aparecérsenos de nuevo como un objeto de nuestro íntimo anhelo.

Bastarse a sí mismo, serlo todo para sí y poder decir: "Todos mis bienes los llevo en mí" es, ciertamente, la condición que más favorece a nuestra felicidad.

Cada sociedad exige necesariamente una acomodación y una temperatura recíprocas: por eso, cuanto más numerosa sea dicha sociedad, más insustancial será. Cada cual sólo puede ser enteramente él mismo cuando está solo. Por eso quien no ama la soledad tampoco ama la libertad, pues únicamente se es libre cuando se está solo, ya que la obligación es compañera inseparable de toda compañía. Por consiguiente, cada cual huirá de la soledad, la sobrellevará o la amará según sea la medida exacta del valor de su propia individualidad. En efecto, en soledad siente el miserable su íntima miseria, y su grandeza el gran espíritu; en definitiva, cada cual se siente en ese estado tal como es. Cuanto más alto se sitúa un individuo en el rango de la naturaleza, más solo se encuentra y, ciertamente, de modo esencial e irremediable. Por lo demás, será para él muy beneficioso si se da el caso de que la soledad externa y la de su espíritu se corresponden con perfecta armonía, pues, de no ser así, el hecho de vivir en un ámbito extraño, rodeado de seres heterogéneos, le oprimirá de forma molesta, y hasta adversa, le robará su intimidad y no le proporcionará a cambio más que pobres sucedáneos. Aparte de esto, mientras que la naturaleza ha establecido entre los seres humanos las diferencias más extraordinarias en lo que se refiere a la moral y al intelecto, la sociedad, sin tenerlo en cuenta, pretende hacerlos a todos iguales, o, mejor dicho, se propone imponer diferencias artificiales en virtud de los escalafones de las clases sociales y del rango, que con mucha frecuencia se contradicen diametralmente con el carácter y el estatus que la naturaleza imprime a cada individuo. En este orden social se sitúan muy a sus anchas aquellos a quienes la naturaleza colocó en un escalafón muy bajo; pero los pocos a los que ésta puso por encima no suelen llegar muy lejos en el orden social; de ahí que decidan apartarse de la sociedad, con lo cual resulta que, en esta última, por poco numerosa que sea, siempre domina lo vulgar. La llamada "buena sociedad" aprecia méritos de todo tipo, y excluye los del espíritu: los de éste son, incluso, contrabando. Dicha sociedad nos obliga a demostrar una paciencia ilimitada ante la gama más variopinta de la estupidez, la tontería, la necedad y la locura. Los méritos personales, en cambio tienen que mendigar el perdón u ocultarse. Por eso, esa sociedad tampoco nos permite a nosotros mismos que seamos conforme a nuestra naturaleza; antes bien, por tener que adaptarnos a los demás, nos obliga a encogernos y hasta a deformarnos. He aquí que, con frecuencia, en casos de severa autonegación tengamos que prescindir de las tres cuartas partes de nuestro ser con el fin de acomodarnos a los otros. Al actuar así, ciertamente nos ganamos el beneplácito de los demás, pero cuanto más mérito tengamos, antes advertiremos que en esto la ganancia no compensa el gasto y que el negocio no reporta ningún beneficio, y nos perjudica. A ello se añade además, que la sociedad, con el fin de suplir la verdadera superioridad, esto es, la superioridad espiritual - que ella es incapaz de soportar y que, por otra parte, es siempre tan escasa - , haya adoptado por puro capricho a fin de sustituirla una superioridad falsa y convencional basada en reglamentos arbitrarios.

Cuanto más rico es uno en sí mismo, menos encuentra fuera de él. Un cierto sentimiento de autosuficiencia es el causante de que las gentes que poseen mérito y riqueza interior se abstengan de sacrificar a la compañía de los demás las importantes víctimas que ésta les exige, por no hablar ya de la necesaria autonegación y la renuncia de sí mismas que las acompaña. El caso contrario es el que hace a la gente común tan sociable y acomodaticia: le resulta más fácil soportar a otros que aguantarse a sí misma. A esto cabe añadir que el mundo no aprecia lo que tiene verdadero valor; lo que el mundo aprecia es vano.

Todos estos hombres de mérito, que poseen verdadero valor en sí mismos, muestran genuinamente su sabiduría en el arte de saber vivir cuando, llegado el caso, se ven obligados a limitar al máximo sus necesidades con el único fin de preservar su libertad o de expandirla, y, como no tienen más remedio que tener contacto con el mundo humano, procuran indemnizarse a sí mismos con su propia persona todo lo rápido y todo lo a menudo que pueden.

Algo que por lo demás, también hace sociables a los hombres, es su incapacidad para soportar la soledad y para soportarse a sí mismos en ella. El vacío interior y el hastío los empuja a buscar el trato social tanto como a recurrir a lo extravagante y a los viajes. Sus espíritus carecen del propulsor que los haga moverse por sí mismos, de ahí que necesiten constantemente estímulos ajenos y ciertamente, de los más vigorosos, esto es, aquellos que producen sus iguales. Sin tales excitantes, su ánimo se hunde bajo su propio peso y cae presa de un letargo agobiante. Del mismo modo podría decirse además que cada uno de ellos no se considera sino un fragmento de la idea de humanidad y que por eso necesita reunirse muchas veces con sus congéneres con el fin de llegar a adquirir plena conciencia del conjunto de su ser. Por el contrario, alguien que es un hombre entero, y no únicamente un fragmento, representa una unidad en sí, y se basta a sí mismo. En este sentido puede compararse al común de la sociedad con esas orquestas de trompas rusas en las que cada instrumento produce sólo una nota y únicamente en virtud de la puntualísima actuación de cada una de ellas puede interpretarse la melodía. En efecto, monótono como una de esas trompas de una sola nota es el pensamiento y el espíritu de la inmensa mayoría de los hombres: muchos de ellos dan la impresión de tener siempre un único y el mismo pensamiento, y de ser incapaces de pensar otro distinto. Esto aclara no sólo por qué suelen ser tan aburridos, sino también por qué son tan sociables, además de esa manía de ir siempre en rebaño: " The gregariousness of mankind". La monotonía de su propio ser es lo que les resulta insoportable - toda estulticia genera su propio fastidio-; sólo juntos y gracias a la unión sin algo, semejantes a aquellos músicos de las trompas de una sola nota. El hombre rico de espíritu, en cambio, se asemeja a un virtuoso que interpreta su concierto a solas, a un pianista único, el cual él solo recuerda a una pequeña orquesta íntima; encarna pues un pequeño mundo, y todo lo que los demás logran sólo en virtud de su unión, a él se lo proporciona la unidad de su propia conciencia. Como el piano, tampoco el hombre singular forma parte de la sinfonía, también está concebido para la interpretación del solo y para la soledad. Si acaso tiene que actuar conjuntamente con los demás, es él quien lleva la voz cantante y el acompañamiento, lo mismo que el piano; y tratándose de música vocal también será quien dé el tono, como el piano'.

'La soledad concede al hombre dotado de grandes cualidades intelectuales una doble ventaja: primero, le proporciona la posibilidad de estar consigo mismo; y segundo, la de no estar con los demás'.

'Tener lo suficiente en sí mismo como para no necesitar del trato social es una gran suerte, pues la mayor parte de nuestros males provienen de éste. Los cínicos renunciaban a cualquier posesión con el fin de preservar la paz de su espíritu: quien renuncia al trato social con esta misma intención habrá elegido el medio más idóneo'.

¿Qué placer podría proporcionarles el trato con seres con los que, para establecer algún tipo de comunidad, no tienen más remedio que relacionarse a través de lo más bajo e innoble de su propia naturaleza, es decir, de lo que hay en ella de cotidiano, trivial o vulgar? De ahí que un sentimiento aristocrático sea el que alimenta la inclinación al retiro y la soledad. La canalla es sociable, por desgracia; pero el hombre de índole noble y superior acaba por darse cuenta con los años de que, aparte de algunas excepciones, en este mundo no cabe otra cosa sino la elección entre soledad o vulgaridad.

La soledad es una desdicha; sin embargo, no seas vulgar, y verás como a tu alrededor tan sólo se extiende el desierto.

Cuando sólo la cabeza mantiene aún su vigor, la cantidad de conocimientos y experiencias adquiridas, el desarrollo prácticamente concluso de los pensamientos y la enorme destreza intelectual tornan los estudios de cualquier tipo más interesantes y fáciles que nunca. Se ven con claridad muchísimas cosas que antes se hallaban como envueltas en niebla: se obtienen resultados y uno se siente invadido por una notoria superioridad. A consecuencia de la rica experiencia, se ha cesado ya de esperar mucho de los seres humanos, puesto que éstos, tomados en general, no son precisamente de esa clase de gentes que ganan más a medida que mejor y más de cerca se las conoce; antes bien, se sabe ya que, salvo raras y dichosas excepciones, no se hallará entre ellos sino ejemplares muy defectuosos de la naturaleza humana a los que es mejor no tocar.

A aquel que no es capaz de soportar a la larga la aridez del aislamiento, le aconsejo que cuando trate con los demás hombres se acostumbre a llevar consigo una parte de su soledad; es decir, que aprenda, en cierto modo, a estar solo en compañía; a no comunicar de inmediato a los otros lo que piensa y, por otra parte, a no conceder mucho valor a lo que digan, ni a esperar mucho de ellos ni moral ni intelectualmente; de ahí que, en lo referente a sus opiniones, aprenda a fortalecer en sí mismo esa indiferencia que es el mejor medio para ejercitar siempre una encomiable tolerancia. Entonces, aun estando en sociedad, nunca se sentirá del todo miembro de ella, de modo que sabrá comportarse con los demás de forma puramente objetiva.

Podríamos comparar la sociedad con una hoguera en la que el más inteligente sabe calentarse guardando una distancia prudencial, sin precipitarse en ella como el necio, que después de haberse quemado, huye al frío de la soledad quejándose de que el fuego quema.

Esforzarse y luchar contra los obstáculos es una necesidad del hombre, tal como excavar lo es del topo. El estado de inmovilidad que conllevaría la completa satisfacción producida por una sensación de goce permanente le resultaría insoportable. La lucha contra los obstáculos y la victoria sobre ellos es lo que le proporciona la felicidad. Si carece de oportunidad para ello, la inventa como puede. Urdirá intrigas, o se inmiscuirá en enganños y maldades con el único fin de terminar con el estado de quietud que le resulta insoportable. 'Difficilis in otio quies' (peligrosa es la paz del ocio).

La Rochefoucauld ha observado con acierto que es difícil admirar a alguien y amarlo a la vez. Según esto, tendremos que elegir entre el amor o la admiración de los hombres. Su amor es siempre interesado, aunque adopta formas muy diferentes. Además el modo de adquirirlo no es siempre de lo más indicado como para manifestarse orgulloso. Generalmente, uno será amado en la medida en que rebaje sus exigencias de encontrar espíritu y corazón en los otros, y esto seriamente y sin disimulo; y por supuesto, sin esa condescendencia cuya raíz se halla en el desprecio. La admiración de los hombres sólo se la obtiene contra su voluntad, máxime cuando la mayoría de las veces la ocultan. De ahí que ésta nos satisfaga más interiormente, pues el que nos la concedan depende de nuestra valía, cosa que no siempre sucede con el amor, que es subjetivo; mientras que la admiración es objetiva. El amor nos resulta, desde luego, mucho más útil.

No combatir la opinión de nadie; sino pensar que si tuviésemos que disuadirle de la cantidad de absurdos en los que cree, llegaríamos a la edad de Matusalén mucho antes de haber terminado la tarea. Además en las conversaciones hay que guardarse para sí las observaciones críticas, por muy bienintencionadas y sensatas que sean, pues irritar a la gente es muy fácil, pero mejorarla, muy difícil, cuando no imposible.

Mientras nos consagramos con infantil gravedad al conocimiento intuitivo y directo de las cosas, la educación que recibimos se afana en enseñarnos conceptos. Pero los conceptos no proporcionan lo propio y esencial; más bien el capital y verdadero contenido de nuestro conocimiento residen en la comprensión intuitiva del mundo. Una comprensión de esta especie sólo podemos adquirirla nosotros mismos por nuestra cuenta, no puede enseñársenos de ninguna manera. De aquí resulta que, semejante a nuestra valía moral, tampoco nuestro valor intelectual proviene del exterior sino que surge de lo más profundo de nuestro ser; y ni toda la ciencia pedagógica de un Pestalozzi logrará hacer de un tarugo de nacimiento, un hombre razonable. Jamás! Tarugo ha nacido y tarugo morirá.

Si el carácter de la primera mitad de la vida es añoranza insatisfecha de la felicidad, el de la segunda mitad no es sino miedo a la desgracia: a estas alturas ya se ha reconocido lo quimérico de toda felicidad y, a cambio, la realidad y facticidad del sufrimiento. Ahora, llegados a este punto, al menos los caracteres más razonables se esforzarán por alcanzar la ausencia de dolor y un estado de tranquilidad interior, no placer. Cuando en mi juventud llamaban a la puerta, me embargaba el gozo, pues pensaba: "ah! ya llega!" Pero en los años posteriores, la sensación que experimentaba ante el mismo hecho parecía, más bien, pariente del espanto; pensaba: "vaya! Llegó!". En referencia a la sociedad humana existen, asimismo, otras dos sensaciones contradictorias, características de estos individuos excelentes y capaces que, precisamente en cuanto tales, no se adaptan a dicha sociedad y, en consecuencia, según sea el alcance de sus méritos, se quedan solos: en la juventud tienen la sensación de haber sido abandonados por la sociedad; en los años posteriores, en cambio, la de verse libres de ella. La primera sensación, desagradable, se cifra en la ignorancia; la segunda, agradable, en el conocimiento. Así pues, la segunda parte de la vida, a semejanza de la de un periodo musical, contiene menos ímpetu, pero más tranquilidad que la primera.

La superioridad espiritual, incluso la mayor posible, sólo hará valer su preponderancia decisiva a partir de los cuarenta años. Pues la madurez de los años y el fruto de la experiencia pueden ser completados por la superioridad espiritual, pero son insustituibles; ellos conceden a los hombres más comunes un cierto peso que contrarresta la energía de un espíritu superior mientras éste es joven.

Cualquier hombre extraordinario, cualquiera que no pertenezca a esas cinco sextas partes de la humanidad tan tristemente dotadas, difícilmente logrará, después de cumplir los cuarenta años, mantenerse a salvo de un cierto asomo de misantropía. Pues, como era natural, juzgó a los demás desde sí mismo y poco a poco, han ido desilusionándolo; pudo darse cuenta de que, ya sea por el lado de la cabeza o por el del corazón - a veces incluso por los dos -, los demás quedan muy por detrás de él y de que nunca podrán colocarse a su altura; por eso evita de buen grado mezclarse con ellos.

A menudo creemos añorar el regreso a un lugar lejano de nuestro pasado mientras que lo añorado es, sencillamente, el tiempo que allí transcurrió, puesto que entonces éramos jóvenes y vitales. He aquí cómo nos engaña el tiempo poniéndose la máscara del espacio. Volvamos allí y advertiremos el engaño.

Quizá tuvo usted fama de ser 'bueno' y eso le hizo sentirse valorado. Para estar a la altura de esa fama, probablemente dejó de seguir lo que le indicaban sus instintos. No todo el mundo desea ser bueno siempre. Es posible que de niño fuera usted un elemento auxiliar, un elemento de seguridad emocional para alguno de sus progenitores. Si ese mismo papel se mantiene en la vida adulta, la persona dedica su vida a los demás, fingiendo tener una fortaleza ilimitada para afrontar sus necesidades. Ignora entonces sus necesidades y se siente culpable cuando se ocupa de sí misma. Algunos niños se convierten en objetos de orgullo familiar, debido a su aspecto atractivo o a los intachables informes escolares. Si fue usted uno de esos niños, quizá se acostumbró tanto a agradar a los demás que ahora se siente culpable cuando intenta realizar sus propios deseos. Quizá su autoestima dependa demasiado de la aprobación de los demás, en lugar de buscarla dentro de sí mismo.

EL CONFORMISTA Este juego se llama 'la paz a cualquier precio', y el precio no es otro que la renuncia a toda individualidad en aras de los demás. En su origen suele haber, por una parte, la experiencia de una autoridad excesivamente dominante y, por otra, sentimientos de culpabilidad. El conformista no quiere o no puede correr el riesgo de no ser aceptado por los demás. Suele ser objeto de alabanzas por su disponibilidad para seguir adelante, pero tiene que pagar un elevado precio, en forma de represión de emociones, a cambio de la miseria de alabanzas que recibe. Su reluctancia a mostrarse en desacuerdo con la opinión imperante, hace que pase inadvertido para los demás. Por lo general desarrolla algún tipo de síntomas psicosomáticos, porque con el tiempo, su subconsciente se ve sobrecargado con todo lo que ha tenido que reprimir para ser 'el buen chico que está siempre dispuesto a todo'.

'Everybody's darling is everybody's fool'

El tercer cigarrillo del insomnio se quemaba en la boca de Horacio Oliveira sentado en la cama; una o dos veces había pasado levemente la mano por el pelo de la Maga dormida contra él. Era la madrugada del lunes, habían dejado irse la tarde y la noche del domingo, leyendo, escuchando discos, levantándose alternativamente para calentar café o cebar mate. Al final de un cuarteto de Haydn la Maga se había dormido, y Oliveira, sin ganas de seguir escuchando desenchufó el tocadiscos desde la cama; el disco siguió girando unas pocas vueltas, ya sin que ningún sonido brotara del parlante. No sabía por qué pero esa inercia estúpida lo había hecho pensar en los movimientos aparentemente inútiles de algunos insectos, de algunos niños. No podía dormir, fumaba mirando la ventana abierta, la buhardilla donde a veces un violinista jorobado estudiaba hasta muy tarde. No hacía calor, pero el cuerpo de la Maga le calentaba la pierna y el flanco derecho; se apartó poco a poco, pensó que la noche iba a ser larga.

Se sentía muy bien, como siempre que la Maga y él habían conseguido llegar al final de un encuentro sin chocar ni exasperarse. Le importaba muy poco la carta de su hermano, rotundo abogado rosarino que producía cuatro pliegos de papel avión acerca de los deberes filiales y ciudadanos malbaratados por Oliveira. La carta era una verdadera delicia y ya la había fijado con scotch tape en la pared para que la saborearan sus amigos. Lo único importante era la confirmación de un envío de dinero por la bolsa negra, que su hermano llamaba delicadamente "el comisionista". Oliveira pensó que podría comprar unos libros que andaba queriendo leer, y que daría tres mil francos a la Maga para que hiciese lo que le diera la gana, probablemente comprar un elefante de felpa de tamaño casi natural para estupefacción de Rocamadour. Por la mañana tendría que ir a lo del viejo Trouille y ponerle al día la correspondencia con Latinoamérica. Salir, hacer, poner al día, vaya expresión. Hacer. Hacer algo, hacer el bien, hacer pis, hacer tiempo, la acción en todas sus barajas. Pero detrás de toda acción había una protesta, porque todo hacer significaba salir de para llegar a, o mover algo para que estuviera aquí y no allí, o entrar en esa casa en vez de no entrar o entrar en la de al lado, es decir que en todo acto había admisión de una carencia, de algo no hecho todavía y que era posible hacer, la protesta tácita frente a la continua evidencia de falta, de la merma, de la parvedad del presente. Creer que la acción podría colmar, o que la suma de las acciones podía realmente equivaler a una vida digna de este nombre, era una ilusión de moralista. Valía más renunciar, porque la renuncia a la acción era la protesta misma y no su máscara. Oliveira encendió otro cigarrillo, y su mínimo hacer lo obligó a sonreírse irónicamente y a tomarse el pelo en el acto mismo. Poco le importaban los análisis superficiales, casi siempre viciados por la distracción y las trampas filológicas. Lo único cierto era el peso en la boca del estómago, la sospecha física de que algo no andaba bien, de que casi nunca había andado bien. No era ni siquiera un problema, sino haberse negado desde temprano a las mentiras colectivas o a la soledad rencorosa del que se pone a estudiar los isótopos radiactivos o la presidencia de Bartolomé Mitre. Si algo había elegido desde joven era no defenderse mediante la rápida y ansiosa acumulación de una "cultura", truco por excelencia de la clase media argentina para hurtar el cuerpo a la realidad nacional y a cualquier otra, y creerse a salvo del vacío que la rodeaba. Tal vez gracias a esa especie de fiaca sistemática, como la definía su camarada Traveler, se había librado de ingresar en ese orden fariseo (en el que militaban muchos amigos suyos, en general de buena fe porque la cosa era posible, había ejemplos), que esquivaba el fondo de los problemas mediante una especialización de cualquier orden, cuyo ejercicio confería irónicamente las mas altas ejecutorias de argentinidad. Por lo demás le parecía tramposo y fácil mezclar problemas históricos como el ser argentino o esquimal, con problemas como el de la acción o la renuncia. Había vivido lo suficiente para sospechar eso que, pegado a las narices de cualquiera se le escapa con la mayor frecuencia: el peso del sujeto en la noción del objeto. La Maga era de las pocas que no olvidaban jamás que la cara de un tipo influía siempre en la idea que pudiera hacerse del comunismo o la civilización cretomicénica, y que la forma de sus manos estaba presente en lo que su dueño pudiera sentir frente a Ghirlandaio o Dostoievski. Por eso Oliveira tendía a admitir que su grupo sanguíneo, el hecho de haber pasado la infancia rodeado de tíos majestuosos, unos amores contrariados en la adolescencia y una facilidad para la astenia podían ser factores de primer orden en su cosmovisión. Era clase media, era porteño, era colegio nacional, y esas cosas no se arreglan así nomás. Lo malo estaba en que a fuerza de temer la excesiva localización de los puntos de vista, había terminado por pesar y hasta aceptar demasiado el sí y el no de todo, a mirar desde el fiel los platillos de la balanza. En París todo le era Buenos Aires y viceversa; en lo más ahincado del amor padecía y acataba la pérdida y el olvido. Actitud perniciosamente fácil a poco que se volviera un reflejo y una técnica; la lucidez terrible del paralítico, la ceguera del atleta perfectamente estúpido. Se empieza a andar por la vida con el paso pachorriento del filósofo y del clochard, reduciendo cada vez más los gestos vitales al mero instinto de conservación, al ejercicio de una conciencia más atenta a no dejarse engañar que a aprehender la verdad. Quietismo laico, ataraxia moderada, atenta desatención. Lo importante para Oliveira era asistir sin desmayo al espectáculo de esa parcelación Tupac-Amarú, no incurrir en el pobre egocentrismo (criollicentrismo, suburcentrismo, culturcentrismo, folklocentrismo) que cotidianamente se proclamaba en torno a él bajo todas las formas posibles. A los diez años, una tarde de tíos y pontificantes homilías histórico-políticas a la sombra de unos paraísos, había manifestado tímidamente su primera reacción contra el tan hispanoitaloargentino "se lo digo yo!", acompañado de un puñetazo rotundo en la mesa que debía servir de ratificación iracunda. Glielo dico io! Se lo digo yo carajo! Ese yo había alcanzado a pensar Oliveira, ¿qué valor probatorio tenía? El yo de los grandes, ¿qué ominsciencia conjugaba? A los quince años se había enterado del "sólo sé que no sé nada"; la cicuta concomitante le había parecido inevitable, no se desafía a la gente en esa forma, se lo digo yo. Más tarde le hizo gracia comprobar cómo en las formas superiores de cultura, el peso de las autoridades y las influencias, la confianza que dan las buenas lecturas y la inteligencia, producían también su "se lo digo yo" finamente disimulado, incluso para el que lo profería: ahora se sucedían los "siempre he creído", "si de algo estoy seguro", "es evidente que", casi nunca compensado por una apreciación desapasionada del punto de vista opuesto. Como si la especie velara en el individuo para no dejarlo avanzar demasiado por el camino de la tolerancia, la duda inteligente, el vaivén sentimental. En un punto dado nacía el callo, la esclerosis, la definición: o negro o blanco, radical o conservador, homosexual o heterosexual, figurativo o abstracto, San Lorenzo o Boca Juniors, carne o verduras, los negocios o la poesía. Y estaba bien, porque la especie no podía fiarse de tipos como Oliveira; la carta de su hermano era exactamente la expresión de su repulsa.

"Lo malo de todo esto", pensó, "es que desemboca inevitablemente en el animula vagula blandula. ¿Qué hacer? Con esta pregunta empecé a no dormir. Oblomov, cosa facciamo? Las grandes voces de la Historia instan a la acción: Hamlet, revenge! ¿Nos vengamos Hamlet, o tranquilamente Chippendale y zapatillas y buen fuego? El sirio, después de todo, elogió escandalosamente a Marta, es sabido. ¿Das la batalla, Arjuna? No podéis negar los valores, rey indeciso. La lucha por la lucha misma, vivir peligrosamente, pensá en Mario el Epicúreo, en Richard Hillary, en Kyo, en T.E. Lawrence...Felices los que eligen, los que aceptan ser elegidos, los hermosos héroes, los hermosos santos, los escapistas perfectos".

Quizá. ¿Por qué no? Pero también podía ser que su punto de vista fuera el de la zorra mirando las uvas. Y también pudiera ser que tuviese razón, pero una razón mezquina y lamentable, una razón de hormiga contra cigarra. Si la lucidez desemboca en inacción, ¿no se volvía sospechosa, no encubría una forma particularmente diabólica de ceguera? La estupidez del héroe militar que salta con el polvorín, Cabral soldado heroico cubriéndose de gloria, insinuaban quizá por una supervisión, un instantáneo asomarse a algo absoluto, por fuera de toda conciencia (no se le pide eso a un sargento), frente a lo cual la clarividencia ordinaria, la lucidez de gabinete, de tres de la mañana en la cama y en mitad de un cigarrillo, eran menos eficaces que las de un topo.

Le habló de todo eso la Maga, que se había despertado y se acurrucaba contra él maullando soñolienta. La Maga abrió los ojos, se quedó pensando: - Vos no podrías - dijo -. Vos pensás demasiado antes de hacer nada. - Parto del principio de que la reflexión debe preceder a la acción, bobalina. - Partís del principio - dijo la Maga -. Qué complicado. Vos sos como un testigo, sos el que va al museo y mira los cuadros. Quiero decir que los cuadros están ahí y vos en el museo, cerca y lejos al mismo tiempo. Yo soy un cuadro, Rocamadour es un cuadro. Etienne es un cuadro, esta pieza es un cuadro. Vos creés que estás en esta pieza, pero no estás. Vos estás mirando la pieza, no estás en la pieza. - Esta chica lo dejaría verde a Santo Tomás - dijo Oliveira. - ¿Por qué Santo Tomás? - dijo la Maga - ¿Ese idiota que quería ver para creer? - Sí querida - dijo Oliveira, pensando que en el fondo la Maga había embocado el verdadero santo. Feliz de ella que podía creer sin ver, que formaba cuerpo con la duración, el continuo de la vida. Feliz de ella que estaba dentro de la pieza, que tenía derecho de ciudad en todo lo que tocaba y convivía, pez río abajo, hoja en el árbol, nube en el cielo, imagen en el poema. Pez, hoja, nube, imagen: exactamente eso, a menos que...

No me mirés con esos ojos de pájaro, para vos la operación del amor es tan sencilla, te curarás antes que yo y eso que me querés como yo no te quiero. Claro que te curarás, porque vivís en la salud, después de mí será cualquier otro, eso se cambia como los corpiños. Tan triste oyendo al cínico Horacio que quiere un amor pasaporte, amor pasamotañas, amor llave, amor revólver, amor que le dé los mil ojos de Argos, la ubicuidad, el silencio desde donde la música es posible, la raíz desde donde se podría empezar a tejer una lengua. Y es tonto porque todo eso duerme un poco en vos, no habría más que sumergirte en un vaso de agua como una flor japonesa y poco a poco empezarían a brotar los pétalos coloreados, se hincharían las formas combadas, crecería la hermosura. Dadora de infinito, yo no sé tomar, perdóname. Me estás alcanzando una manzana y yo he dejado los dientes en la mesa de luz. Stop, ya está bien así. También puedo ser grosero, fijate. Pero fijate bien, porque no es gratuito.

¿Por qué stop? Por miedo a empezar las fabricaciones, son tan fáciles. Sacas una idea de ahí, un sentimiento del otro estante, los atás con ayuda de palabras, perras negras, y resulta que te quiero. Total parcial: te quiero. Total general: te amo. Así viven muchos amigos míos, sin hablar de un tío y dos primos, convencidos del amor-que-sienten-por-sus-esposas. De la palabra a los actos, che; en general sin verba no hay res. Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al vesre. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto. Pero estoy solo en mi pieza, caigo en artilugios de escriba, las perras negras se vengan como pueden, me mordisquean desde abajo de la mesa. ¿Se dice abajo o debajo? Lo mismo te muerden. Cortazar (Extracto cap. 93 de Rayuela)

"Few men think, yet all will have opinions" Berkeley

El tiempo está todo entero en la sucesión, el espacio en la posición, la materia en la causalidad. Schopenhauer 'El mundo como voluntad y representación'

Lo que en el espacio, y para el conocimiento sensible es el ojo, es en cierto modo en el tiempo y para el conocimiento interior la razón. Schopenhauer 'El mundo como voluntad y representación'

El hombre prefiere el conocimiento empírico al lógico. La opinión contraria se debe a que en las matemáticas se desdeñe su evidencia propia para atenerse a la evidencia lógica y a que en general todo conocimiento no abstracto se comprenda y menosprecie bajo el nombre de sentimiento. Schopenhauer 'El mundo como voluntad y representación'

Verme con otros ojos; con los ojos de otros. Con ojos más oscuros, profundos o alegres. Besar otros labios. ¿Quién no sueña los suaves labios de otro? ¿Quién no ama al escuchar las dulces palabras que de otros labios brotan susurrando lo que sus ojos, ojos ajenos, sienten al zambullirse en los míos? Sólo me veo en miradas ajenas. La mía, todo lo ve. Menos, oh triste angustia!, menos a mí. Los ojos espejo caminan buscando perdidos algún remoto lugar. A veces pienso que, como yo, persiguen espejismos de sí mismos. Extraviados en algún lugar en el que imaginan ver más de sí mismos que un reflejo sin fondo. Figura plana; melodía de profundo abismo. Sólo dos dimensiones apoyadas en una cuarta, ésta insondable, tal vez perpetua, y que poseo aunque no es toda mía. Cuarta dimensión; triste huérfana de hermana pequeña.

Verme con otros ojos, con los ojos de otros es mi mayor sueño. Y sólo en aquello creado por mí estoy yo lejos de mí. Sólo allí me observo con mis propios ojos de extraño.

Uno, dos, cuatro, la tercera pata del gato, la del equilibrio, esa busco y me falta. Y por eso no se amar si no me aman, ni siento mis besos más que al ser besado, no me veo si no me miran, ni me oigo si no me escuchan.

Moretti

Memorias de Adriano Cuando considero mi vida, me espanta encontrarla informe. La existencia de los héroes, según nos a cuentan, es simple; como una flecha, va en línea recta a su fin. Y la mayoría de los hombres gusta resumir su vida en una fórmula, a veces jactanciosa o quejumbrosa, casi siempre recriminatoria; el recuerdo les fabrica, complaciente, una existencia explicable y clara. Mi vida tiene contornos menos definidos. Como suele suceder, lo que no fui es quizá lo que más ajustadamente la define: buen soldado pero en modo alguno hombre de guerra; aficionado al arte, pero no ese artista que Nerón creyó ser al morir; capaz de cometer crímenes, pero no abrumado por ellos. Pienso a veces que los grandes hombres se caracterizan precisamente por su posición extrema; su heroísmo está en mantenerse en ella toda la vida. Son nuestros polos o nuestros antípodas. Yo ocupé sucesivamente todas las posiciones extremas, pero no me mantuve en ellas; la vida me hizo resbalar siempre. Y sin embargo no puedo jactarme, como un agricultor o un mozo de cordel virtuosos, de una existencia situada en el justo medio.

El paisaje de mis días parece estar compuesto, como las regiones montañosas, de materiales diversos amontonados sin orden alguno. Veo allí mi naturaleza, ya compleja, formada por partes iguales de instinto y de cultura. Aquí y allá afloran los granitos de lo inevitable: por doquier, los desmoronamientos del azar. Trato de recorrer nuevamente mi vida en busca de su plan, seguir una vena de plomo o de oro, o el fluir de un río subterráneo, pero este plan ficticio no es más que una ilusión óptica del recuerdo. De tiempo en tiempo, en un encuentro, un presagio, una serie indefinida de sucesos, me parece reconocer una fatalidad; pero demasiados caminos no llevan a ninguna parte, y demasiadas sumas no se adicionan. En esta diversidad y este desorden, percibo la presencia de una persona, pero su forma está casi siempre configurada por la presión de las circunstancias; sus rasgos se confunden como una imagen reflejada en el agua. No soy de los que afirman que sus acciones no se les parecen. Muy al contrario, pues ellas son mi única medida, el único medio de grabarme en la memoria de los hombres y aún en la mía propia; quizá sea la imposibilidad de seguir expresándose y modificándose por la acción lo que constituye la diferencia entre un muerto y un ser viviente. Pero entre yo y los actos que me constituyen existe un hiato indefinible. La prueba está en que son cesar siento la necesidad de pensarlos, explicarlos justificarlos ante mí mismo. Ciertos trabajos que duraron poco son despreciables, pero otras ocupaciones que abarcaron toda mi vida no me parecen más significativas. En el momento de escribir esto, por ejemplo, no me parece esencial haber sido emperador.

De todas maneras, tres cuartos de mi vida escapan a esta definición por los actos; la masa de mis veleidades, mis deseos, hasta de mis proyectos, sigue siendo tan nebulosa y huidiza como un fantasma. El resto, la parte palpable, más o menos autentificada por los hechos, apenas si es distinta, y la sucesión de los acaecimientos se presenta tan confusa como la de los sueños. Poseo mi cronología propia, imposible de acordar con la que se basa en la fundación de Roma o la era de las olimpíadas. Quince años en el ejército duraron menos que una mañana en Atenas; sé de gentes a quienes he frecuentado toda mi vida y que no reconoceré en los infiernos. También los planos del espacio se superponen: Egipto y el valle del Tempe se hallan muy próximos y no siempre estoy en Tíbur cuando estoy allí. De pronto mi vida me parece trivial, no sólo indigna de ser escrita, sino aun de ser contemplada con cierto detalle, y tan poco importante para mis propios ojos como para los del primero que pasa. De pronto me parece única, y por eso sin valor, inútil - por irreductible a la experiencia común de los hombres. Nada me explica: mis vicios y mis virtudes no bastan; mi felicidad vale algo más, pero a intervalos, sin continuidad, y sobre todo sin causa aceptable. Pero el espíritu humano siente repugnancia a aceptarse de las manos del azar, a no ser más que el producto pasajero de posibilidades que no están presididas por ningún dios, y sobre todo por él mismo. Una parte de cada vida, y aun de cada vida insignificante, transcurre en buscar las razones de ser, los puntos de partida, las fuentes. Mi impotencia para descubrirlos me llevó a veces a las explicaciones mágicas, a buscar en los delirios de lo oculto lo que el sentido común no alcanzaba a darme. Cuando los cálculos complicados resultan falsos, cuando los mismos filósofos no tienen ya nada que decirnos, es excusable volverse hacia el parloteo fortuito de las aves, o hacia el lejano contrapeso de los astros.

Espíritu seco, me enseñó a preferir las cosas a las palabras, a desconfiar de las fórmulas, a observar más que a juzgar. Aquel áspero griego me enseñó el método.